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Peñaranda de Duero vive en dos dimensiones. La primera es la que cualquier visitante percibe al entrar en la Plaza Mayor: piedra, monumentos, cielo abierto y siglos de historia escrita a la vista. La segunda es invisible salvo para quien la busca: una red de túneles, bóvedas y cavidades que corre bajo las mismas calles que se pisan, testimonio silencioso de una economía construida sobre el vino.
Sobre el cerro que domina la villa, el Castillo de Peñaranda lleva más de mil años vigilando el horizonte de la Ribera del Duero. Bajo las casas del casco histórico, las bodegas subterráneas guardan la memoria de los lagares, las cubas y el trabajo de quienes hicieron de la vid el motor de la villa. Dos caras de Peñaranda que, juntas, configuran una experiencia de visita completa y profunda.
